lunes, 20 de abril de 2015

Mimodrama en el expreso a Kiev


Lo que más me chocó fue el silencio. Esa clase de silencio que hay en los sitios donde nadie quiere ir. Esa era la atmósfera del tren nocturno Varsovia-Kiev en un heladora noche de marzo. Y esa era la empresa del segundo pasajero de mi vagón: era mimo. De Chile. Que junto a un misterioso moldavo y yo, era toda la población del vagón cama de segunda clase, al atravesar la frontera ucraniana. Su mudo trabajo: ''hacer visible, lo invisible'', me ayudó a comprender donde me estaba metiendo.



El tren se escondía furtivamente del sol mientras atravesaba un licantrópico bosque de abedules; cuando entré en mi compartimento del expreso a Kiev, y me encontré una figura inmóvil mirándome. No se movía ni un ápice. Parecía de piedra. Pasaron un par de segundos hasta que sus músculos se avivaron y me dedicó una sonrisa. Tras las presentaciones de rigor (en inglés), llegaron inesperadas carcajadas: ambos éramos latinos y ninguno de los dos tenía clara la situación en Ucrania. Así, fue como conocí la historia de Francisco Bassignana, el primer mimo-estatua del este. 


''Fui el primer mimo estático en llegar a las ex-repúblicas soviéticas. Trabajé, sobre todo, en Polonia y Ucrania durante la segunda mitad de los 90. Lo que me cautivó del este de Europa fue la pasión silenciosa que se reflejaba en los ojos de sus ciudadanos cuando me veían actuar'', explica con serenidad. Observo, con asombro creciente, que su historia no parece fluir de sus labios; sino de un sinfín de microgestos, que va encadenando mientras utiliza el compartimento como escenario.

La estrechez bolchevique del habitáculo no es impedimento para que Francisco ponga en marcha todo su potencial mimográfico. ''Fíjate si el arte del mimo es poderoso, que apenas he necesitado un espacio pequeño en la calles del este para hacer mis performances durante casi veinte años''. ''¿Brujería del mimo?'', le pregunto con sorna. ''Nada de hechicería — contesta con seriedad—, ''la gente se asombra ante lo que llega a expresar un mimo entrenado. Y añade en tono criptográfico, ''a esa búsqueda dedicó gran parte de su vida mi maestro, Marcel Marceau, el celebre mimo parisino''.

   Marcel Marceau fue considerado como el mejor mimo de la historia.

El rey mundial de la pantomima acababa de 'colarse' en el vagón. Marceau: soberano de los mimos, antiguo miembro de la resistencia francesa contra los nazis y maestro del mismísimo Michael Jackson (a quien enseño su famoso Moonwalk) se había materializado en el compartimento. La conjunción era impagable: viajaba con dos profesionales del silencio (uno pasado y otro presente) hacia un país donde se libraba un guerra muda, que algunos negaban y muchos otros sufrían.

'La situación en Ucrania me evoca un grito silencioso, pero muy potente; como el del cuadro de Munch'', me explica Francisco, el mimo chileno, mientras los últimos rayos del atardecer atraviesan el fuselaje del tren. Un alarido justificado: más 6.000 personas, entre militares y civiles, han muerto en el este de Ucrania desde la sublevación prorrusa que estalló hace menos de un año. Además, de las más de cien, que perecieron ese mismo invierno durante las protestas en la plaza del Maidán.

Ya es de noche cerrada. Y las eternas caladas que expectora un opulento moldavo en el pasillo (a pesar de que no se puede fumar) se convierten en el único signo vital en el expreso a Kiev. ''¿Qué hace un mimo chileno tan lejos de casa?'', le pregunto. ''Llegué atraído por la pureza de la gente del este — responde lentamente—; tienen una inocencia perdida en Occidente''. Y después, añade: ''Uno de mis momentos cumbre como mimo, lo viví en Zakopane (Cárpatos polacos); en un día de muchísimo frío, que entré en trance mientras actuaba, gracias al 'calor' de la gente y al paisaje.


Fue el primer mimo-estatua de Europa del  Este, donde lleva viviendo veinte años.

El tren reanuda su marcha y entramos en tierras ucranianas.

Las puertas del furgón se abren par a dejar entrar a las brigadas fronterizas del ejército ucraniano, que atraviesan el vehículo, pertrechados de Kalashnikovs y expresiones de acero. ''¿Amantes del arte?'', le inquiero desconcertado. ''Sí, tienen una mirada totalmente entrenada de la cual muchas sociedades carecen''. Gracias, entre otros factores, a que ''durante la época comunista, la ópera, el teatro o el ballet, entre otros espectáculos, estaban al alcance de todas las clases sociales'', explica.

La luz de la mañana se cuela de estrangis por las cortinas del compartimento. Y Francisco tiene la cama repleta de folletos espectáculos y galas. ''No sé por donde empezar; para estar en medio de una guerra civil, la oferta cultural es tremenda'. Y agrega: ''Esta gente tiene una fuerza de espíritu de la que la vieja Europa podría enriquecerse mucho''. Pero, ''¿cómo evitar que se 'europeíce' hasta perder su alma?'', le cuestiono. ''Ese es el gran dilema: cómo Ucrania y la UE podrían beneficiarse mutuamente de un proceso de integración, sin que la identidad de esta gente se vea diluida'', opina.

Francisco recupera su aspecto inmóvil al percibir los primeros signos de la estación de Kiev. Parece que vuelva a estar hecho de mármol. ''El arte del mimo consiste en hacer visible, lo invisible'', recuerdo que me dijo cuando lo conocí. Y viéndolo allí parado como una estatua, me pregunto cómo se verá la vida a través de los ojos de un mimo. Afortunadamente, puedo hacerlo, viendo el cortometraje, De Piedra. Un corto basado en las experiencias mimográficas de Francisco en el este, que ya ha sido galardonado en festivales de todo el mundo, desde Monaco a Bangladesh.



El reconocido corto 'De Piedra', basado en experiencias autobiográficas de Francisco. 

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