jueves, 15 de septiembre de 2016

La selva de bolsillo para los amantes del flash

Muchos turistas llegan a los bosques tropicales de la Amazonia con la esperanza de contemplar y capturar algunas instantáneas de la fauna local. Después de todo, es la mayor reserva de biosfera del mundo. Su sorpresa llega cuando ponen un pie en la selva y los animales ya están a 4 kilómetros. Y la tarjeta de la cámara vacía. Para ellos, ha nacido una turbia industria: la de zoológicos y pseudo-ecoparques donde flashear a gusto. 




Estas instalaciones se encuentran en las cercanías de Iquitos (capital de la Amazonia peruana) y están llenas de animalejos salvajes. Se articulan a través de una confusa red de instalaciones turísticas tales como serpentarios, mariposarios o zoológicos. Algunos, es cierto, son auténticos oasis para animales en riesgo; otros son auténticos ‘atrapaturistas’ que utilizan a unos animales escuchimizados como reclamo. 

Moradores de limbo
En el tejido selvático de la Amazonia, los límites entre el ancestral mundo de la selva  y el nuevo; el pavimentado en vida industrial se desdibujan. Y ambos mundos tienden a intercalarse. Los más perjudicados por esta situación suele ser la fauna local. Monos que corretean entre timbas de cartas, manatíes que suplican vehemencia en albercas sucias. O anacondas, empleadas como reclamo de marketing, son solo muestras pequeñas de la mercantilización de los animales en el mundo amazónico.


Los grandes y esquivos jaguares son la pieza más codiciada para atraer a turistas.

Pero, ellos son sólo la punta del iceberg. Unos pasos más abajo, hay toda una industria que se dedica a rentabilizar la imagen delos animales silvestres. Desde el ajado Huayarín, un delfín rosado del zoológico de Quistococha, hasta la tristeza de los jaguares enjaulados para asombrar a los turistas, hay un mundo de jaulas destinadas a ser carne de flash. Aunque, en esta corriente convulsa hay excepciones: proyectos como el CREA, que se dedica a salvar a los manatíes de la extinción. Es uno de tantos.

Vida entre rejas
Algún día deberá producirse el debate de si es lícito (y por ende legal) que mantengamos a otras especies en jaulas sólo por el placer de verlos. Esa es la dura realidad que afrontan miles de animales cada día en el trapecio amazónico, donde son recluidos en centros turísticos, opacos centros de recuperación, zoológicos; o directamente, en galerías de jaulas para su exportación a los zoos del mundo.


Huayarín, el delfín que fue ‘adoptado’ y nunca consiguió recuperar la libertad.

Se calcula que alrededor del 95% de las especies comercializadas en América provienen de la Amazonia. Los reptiles, por ejemplo, son una de las mascotas más populares; en los últimos diez años, su demanda ha crecido de manera espectacular. Forman parte de un segundo mundo presidiario para los animales. Uno más sutil: el de las cárceles de alambre en las que mantenemos a aves exóticas, pequeños reptiles y otros animalejos para deleitarnos admirando su belleza. 

La selva de 8 mm
Todo el mundo desea adentrarse (aunque sea un poco) en la selva y contemplar la belleza insólita de alguna criatura salvaje. Sus formas ancestrales. Sus vivos colores. Pero, para muchos, también es un reto social: el del ansiado Selfie, los likes en las redes sociales… Esa presión ha generado una demanda de avistamiento de fauna, que se garantiza con recorridos a contrarreloj por zoológicos de pueblo, opacos centros de recuperación o comunidades indígenas. 


La línea entre centros de recuperación y pequeños zoológicos es muy fina.

La foto lo discrimina todo; y en muchas ocasiones, sólo podremos ver la silueta del animal, que volverá a ser enjaulado tras la sesión fotográfica. El humano tras la lente, sin embargo, podrá tirarse el “rollo” al más puro estilo Indiana Jones. Y comentar en su mundo las “maravillas amazónicas”. Son los dos reversos de la explotación selvática. El primero, sólo quiere hacerse con un pedazo visual de la selva, y el segundo lo hace por una recompensa (que probablemente necesite para sobrevivir).

De la jaula a la libertad
Afortunadamente, en el mundo del turismo amazónico también hay espacio para iniciativas que buscan proteger y cuidar el medioambiente. Proyectos como el CREA (Centro de Rescate Amazónico) que se centra en recuperar al amenazadíssimo manatí. O el proyecto de la isla de los monos: un área de protección donde hasta 8 especies de simios son cuidadas para que proliferen en un mundo que los ha puesto contra el barranco de la extinción. Son ejemplos de que el turismo puede ser sostenible.


El CREA intenta recoge y rehabilita manatíes que eran utilizados como mascotas.

Otro ejemplo carismático es el llamado “bosque de los bonies”: un área forestal de protección regida por los niños de una comunidad indígena del río Marañon. Ellos se encargan de cuidar y proteger su bosque de los madereros ilegales. Y de concienciar a los turistas sobre las diversas especies y aplicaciones de las plantas y árboles locales. Son guardianes de su bosque. En su pequeño y perdido pueblo de la selva, reconstruyen el vínculo que mantuvo unido al hombre con la naturaleza por miles de años. 

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