domingo, 19 de marzo de 2017

Feerah solo quiere luchar

Esta es la historia de Feerah, una humilde jóven musulmana que quiere triunfar en un circuito junior de boxeo chino en una India anclada en el machismo. “Feerah quiere luchar”, esa es la frase que repite una y otra vez su padre, durante el reportaje de la cadena árabe Al-Jazeera, India's Wushu warrior girl. El retrato es realmente impactante, sobre todo, si tenemos en cuenta la doble dificultad de ser una muchacha musulmana en una India sumada en un duro clima de violencia sexual. “Feerah solo quiere luchar” es el grito de guerra de quienes la conocen y la apoyan para que pueda cumplir su sueño. 
     

India es uno de los peores países del mundo para ser mujer. Gulshun Rehman, de la ONG Salve the chlidren, refleja esta situación con una crítica que hiela las venas. “En la India, mujeres y niñas continuaban siendo vendidas a burdeles, casadas a la edad de 10 años, quemadas vivas por riñas conyugales y explotadas sexualmente en los trabajos domésticos. El gigante del sudeste asiático está considerado como el peor país del mundo para ser mujer (por detrás de Arabía Saudí) entre los países que pertenencen al G20. 
Puños de hierro en el cuadrilatero de la traidición
Feerah sonrie timidamente a las camaras que registran en su viaje para luchar por el cinturón nacional de Wushu (arte marcial chino), que le llevará a batirse contra miembros de todos los estados de la India. La última palabra sobre si luchará o no; sobre si podrá llevar a cabo su sueño o no, la tiene su madre. Ella se ancla totalmente en las estrictas normas comunitarias y en el caos de violencia sexual que lacra al país. En Mumbay (una de las ciudades más cosmopolitas del país) son frecuentes las detenciones de mujeres por 'prostitución' por el mero hecho de salir a tomar unas copas. 
 
La comunidad musulmana de India vive atada por un doble nudo de tradicionalismo exacerbado.
La situación de la pequeña de apenas 14 años es crítica: si acude a la competición transgrederá las normas de su comunidad. Si desiste, no optará a clasificarse al campeonato nacional y sus sueños se verán truncados. El director de su escuela insiste “es una oportunidad única”, le dice empatizando ante lo que será un drama familiar. Su escuela (tradicionalista, pero 'progre') es pionera en la región: el Wushu forma parte de una serie de actividades, destinadas a ayudarlas a combatir este tipo de agresiones.  

El estilo es una cárcel
Fareeha proviene de una comunidad conservadora musulmana en las periferias de la ciudad Hyderabad, en el sureste de la península India. Una zona pujante dentro del mar de contrastes de la India. Su padre le recuerda con afecto como él empezó durmiendo entre cartones y luchó para ser independiente. Ahora, quiere lo mismo para su hija. Ella le mira con ternura y reconoce que “el único momento en el que me siento libre” es luchando. Su madre desaprueba el momento con un seco “no vas a ir”. 

Fareeha vive divida entre su pasión y el deseo de ser consecuente con los valores de su comunidad.
La situación de la comunidad musulmana en la India tampoco es nada sencilla. Son una minoría denostada en el país de las castas. Fareeha vive dividida en un tornasol de simbólico que no le permite realizarse como persona. Cada puñetazo es un golpe suyo al patriarcado y a los prejuicios. “Quiero salir de mi casa y ver el mundo”, dice Fareha; mientras alrededor, en su barrio, las mujeres discurren sigilosamente con el más estricto Hiyab. El largo velo negro que recorre todo el cuerpo de sus vecinas, sólo dejando unas pequeñas rendijas para los ojos.

   
Realmente es un pequeño reportaje muy emotivo. Y las ostias que reparte Fareeha no tienen desperdicio.

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